No es que pretenda aprovechar la ocasión, pero este es quizá uno de esos momentos importantes en donde es vital aclarar algunas ideas. Acabo de leer la noticia de que, ante la grave situación que vive Japón, la industria automotriz y la tecnológica sufrirán quizá uno de los más significativos golpes de su historia, quizá a la par de lo que la industria de la aviación sufrió luego de los acontecimientos del 0911.
Y es que, ciertamente, los momentos que la comunidad global vive inciden peligrosamente en los modelos de negocio, en el entendido de que, ante el encarecimiento de los energéticos y los insumos para la producción, la falta de una cadena de suministro, esquemas diversificados de producción, comercialización y distribución, es más que obvio que los productos se hará más caros. ¿Y adivina quién termina pagando el pato?
El asunto viene al caso ante el tema de responsabilidad social; organizaciones a nivel mundial pugnan fuertemente por convencer e involucrar a los tomadores de decisión sobre el ser incluyente y darle oportunidad a los diferentes públicos a los que la organización impacta para participar en la planeación de estrategias que, en un determinado plazo, les permita ser (más) empáticos. Sin embargo, ¿cómo garantizar esta responsabilidad social ante factores no controlables? ¿quién le ha de explicar al distribuidor que el producto no llegará? ¿o, en caso de llegar, que ahora tendrá un costo adicional?
La resposabilidad social es una estrategia de 360 grados. Los constantes trabajos realizados a la fecha para establecer una norma de desarrollo e implantación de estos conceptos aun no aportan evidencias claras. Seguimos viendo con cristales diferentes.
La ola de certificaciones, de cursos, de comunicados, de creaciones de departamentos y premios sobre la responsabilidad social aun tiene fuerza como para hacer ruido. Ojala la resaca no nos arrastre. Así de frágil.
